lunes, 24 de junio de 2013

La Semana Trágica de Barcelona: Julio 1909



Barricada con tranvía en el barrio de Gràcia. Foto: Brangulí
El Estado Español acababa de perder sus colonias de Cuba y Filipinas (1898) y los negocios nacidos en ellas se extinguían, trayendo de vuelta a casa a emigrantes arruinados y dejando a miles de obreros en la calle. En Cataluña se reclutaban indiscriminadamente soldados para la cruda guerra de Marruecos (el 11 de julio Antonio Maura, ministro de guerra del gobierno, decide enviar a la zona del Rif más de 40.000 reservistas, muchos de ellos catalanes y padres de familia), dejando familias enteras sin un pan que llevarse a la boca, en la total indigencia. Las clases populares, cada vez más anticlericales, antimilitaristas y antiespañolas, mostraban un creciente descontento general. Los movimientos sociales nacidos el siglo anterior, y que habían dado lugar a la Ilustración y a la Revolución Francesa, habían dejado un sustrato de pensamiento liberal que comenzaría a florecer lentamente en España, pero los privilegios de las libertades alcanzadas continuaban en manos de unos pocos oligarcas, cuyo aparente proteccionismo hacia las clases obreras no era más que un mero paternalismo. Para la oligarquía catalana, la colaboración parecía ser más fructífera que la confrontación. Los proletarios y los obreros estaban desesperados. Las tensiones entre republicanos, conservadores, catalanistas, españolistas y anarquistas se tornaron un caldo de cultivo entre tantos descontentos.
Barricadas de las calles de Barcelona durante la Semana Trágica de julio de 1909
Iglesia quemada y destruida. Foto: Biblioteca Pavelló de la República
Archivo de Casa de América
Es en este marco que el 26 de julio de 1909 se forma el Movimiento o Comité de Huelga y se inicia una huelga general espontánea (encabezada por la organización sindicalista Solidaridad Obrera y por el Partido Radical de Alejandro Lerroux) en Barcelona contra la guerra de Marruecos y las miserables condiciones de trabajo, extendiéndose a otras localidades del Principado. A primeras horas del día los piquetes comenzaron a exhortar a los obreros a no ir a trabajar, unos 250 metalúrgicos de la Hispano-Suiza se distribuyeron por el barrio de las Drassanes, y la huelga se expandió rápidamente hacia los barrios de Poblenou, Sant Martí, Gràcia, Sant Andreu, Les Corts y Sants. Por orden del gobernador civil de Barcelona, Ángel Osorio Gallardo, la guardia civil sale a la calle y los diarios son clausurados. Los piquetes tienen enfrentamientos con los trabajadores del tranvía y otros, que acuden a trabajar, y comienzan a cerrar las tiendas y almacenes que habían abierto. Al mediodía, ya se proclama la ley marcial (decisión que permitía la disposición de las tropas del Ejército, con 1.500 soldados y oficiales, 600 caballos y 12 piezas de artillería, y de la policía, con 700 guardias civiles, 800 guardias de seguridad, además de guardias municipales y urbanos).
La más conocida imagen de la Barcelona de julio de 1909, con varios edificios religiosos quemándose. Vista desde Montjuic
Foto: Biblioteca Pavelló de la República. Archivo Casa de América
Alrededor de las 3 de la tarde se proclama el estado de guerra. Los insurrectos atacan comisarías para liberar algunos detenidos, pero en las contiendas mueres y resultan heridos muchos de ellos y también autoridades. Fuera de Barcelona el lugar de máxima tensión fue Sabadell, donde la huelga fue transformándose en rebelión y se extendió hacia Terrassa, Mataró, Granollers, Badalona, Sant Feliu de Llobregat, Sitges, Vilanova i la Geltrú, y otros. Sobre todo en Barcelona, la huelga se convirtió en revuelta organizada e imprevisible persecución religiosa, ya que la institución eclesiástica fue vista como protectora de la oligarquía y por tanto, del régimen establecido. Edificios religiosos quemados, sacerdotes asesinados y cadáveres de monjas de clausura profanados de sus tumbas exhibidos con horror en macabras danzas por las calles de Barcelona, para luego ser abandonados o depositados en algunos frente a las casas del marqués de Comillas y el conde Güell (representantes de la oligarquía catalana), fueron la lúgubre tónica de esa semana de julio. 
Barricadas de Barcelona 1909. Foto: Instituto Municipal de Historia
Cuerpo de monja momificado. Foto: Biblioteca Pavelló de la República
Archivo Casa de América
En la calle del Carmen procesiones de miles de insurrectos arrastraban decenas de cadáveres de monjas profanados, y con ellos, sacudiéndolos grotescamente, desarticulando sus rígidos y quebradizos miembros, bailaban eufóricos una danza macabra hasta las Ramblas. Algunos cadáveres, como hemos dicho, fueron depositados frente a las casas del marqués de Comillas y del conde Güell. Como la revuelta se transforma en todo tipo de acciones contra la iglesia, que es considerada un símbolo del régimen establecido (por ejemplo, la educación es impartida mayoritariamente en escuelas controladas por la iglesia, donde se inculca a los jóvenes valores contrarios a la causa obrera, y en los hospitales se brinda una atención denigrante a los obreros), se queman edificios religiosos (alrededor de 80 en Barcelona), y se saquean iglesias. Se comenta que el saqueo de los nichos de monjas y profanación de sus cadáveres, fue provocada en un principio por la búsqueda de riqueza y de señales de torturas en las más jóvenes, debido a la creencia popular de que las monjas jóvenes vivían en cautiverio y eran víctimas de maltratos por parte de las monjas más adultas. Después, entusiasmadas en la euforia del momento, será que saldrán arrastrando los cadáveres momificados a las calles del Carmen y Roig (el Raval) hasta las barricadas, donde un grupo de hombres los toman y bailan una macabra procesión con ellos, seguidos por miles de personas.
Diversas imágenes que muestran la profanación de tumbas. Fotos: Biblioteca Pavelló de la República. Archivo Casa de América
Profanación de cadáveres. Foto: Instituto Municipal de Historia
El panorama era desolador. Las parroquias y conventos humeaban su lamento negro de entre los escombros y cenizas, y las calles regadas de barricadas eran patrulladas por soldados que dirigían sus armas a posibles francotiradores apostados en los terrados. Pero la desconfianza era tal, que los propios soldados eran a su vez seguidos  por guardias civiles a caballo que apuntaban sus fusiles hacia ellos. La verdad es que no se sabía a ciencia cierta quien era el enemigo a afrontar. En el Raval los amotinados estaban más exaltados que en otros barrios. Las autoridades eran incapaces de reprimir la revuelta, e incluso algunos oficiales de seguridad y policías municipales se habían unido a los rebeldes y colaboraban en la quema de conventos. Por supuesto, el Movimiento o Comité de Huelga tampoco había conseguido controlar a los obreros, y la insurrección se desbordaba. La iglesia de Sant Pau del Camp estaba completamente en ruinas, su silueta carbonizada aún humeante. Las barricadas cerraban el paso a la calle Hospital y muchos otros puntos de a ciudad.
Quema y destrucción de iglesias, escuelas religiosas y conventos, que contaron 80 en Barcelona
Barricada en la calle Ros de Olano del barrio de Gràcia
Foto: Archivo de Historia de la Ciutat de Barcelona
La revuelta dejó más de 80 edificios religiosos completamente quemados y destruidos (14 iglesias, 33 escuelas y 33 conventos), 80 personas muertas y centenares de heridos. Además, la represión contra el obrerismo se tornó muy arbitraria y dura, se cerraron las escuelas laicas y los centros obreros, y se prohibieron sus publicaciones. Fueron detenidas 2.500 personas, 175 de ellas desterradas, 59 condenadas a cadena perpetua, y 5 condenadas a pena de muerte, de las que destacan dos: un muchacho deficiente mental que participó en la danza con los cadáveres de las momias de las monjas profanadas, y el pedagogo Francesc Ferrer a pesar de que no habían pruebas de su participación en la insurrección. En realidad, Ferrer había sido el fundador de la escuela moderna (1901), un centro de enseñanza laico y mixto, que tenía como objetivo “educar a la clase trabajadora de una manera racional, secular y no coercitiva”. Por supuesto, apoyaba la causa del movimiento popular. Conocida como la Semana Trágica, dejaba en evidencia la ineficacia  de los partidos políticos, la falta de escrúpulos de la burguesía catalana y el carácter revolucionario del pueblo.

Bibliografía básica
Connelly Ullman, J. La Semana Trágica. Ediciones B (2009)
Domínguez Álvarez, Alexia. La Setmana Tràgica de Barcelona, 1909. Cossetània (2009)

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